LA HISTORIA DEL BAR

Todo lugar tiene su historia. Una historia cuyo comienzo podemos situar en un punto que, a veces, puede ser muy lejano. Os vamos a explicar la de este bar. Cuentan los archivos que en la Edad Media aquí había una masía, situada extra-murallas. Sí, en este mismo sitio donde más tarde florecieron edificios en vez de plantas. Algunas de las paredes del bar son de piedra y probablemente sean vestigios de aquella antigua casa pairal, de una época en la que el Raval era una zona salpicada de huertos y de pequeñas industrias artesanales. Bajo el suelo de la sala de conciertos yace todavía la antigua tierra fértil rojiza de aquella Barcelona.

 

A finales del s.XIX se edificó el actual bloque. El constructor era una persona bastante sencilla y tuvo numerosos problemas con el ayuntamiento, como solía suceder y sucede. Por ello no pudo ver su obra acabada antes de morir. En tal empeño le reemplazó otro constructor que sí logró su propósito. Eran años en los que en este barrio se necesitaban pisos para cobijar a los labradores que se veían forzados a emigrar a la ciudad. Por ello el Raval se pobló de edificios de varias alturas.

 

No sabemos la fecha exacta, pero sí podemos decir que allá en los inicios del s.XX una bodega abrió sus puertas en este local. Se trataba de una taberna de barrio, con sus toneles de madera, sus cámaras frigoríficas que funcionaban a base de barras de hielo... En el pequeño altillo vivían los taberneros. Era muy habitual en la época que los regentes de los negocios vivieran en altillos situados encima del lugar donde se desarrollaba la actividad; de hecho, los locales ya se construían de tal forma y manera. En nuestra taberna, desde el balconcito que ahora está escondido tras la pantalla de cine, los niños miraban a sus padres trabajando.

 

Tras la guerra civil, algunos rincones de Barcelona se convirtieron en lugares de luz ante la oscuridad de la dictadura. La bodega fue uno de ellos. Durante nueve larguísimos años el militante anarquista Jaume Vilà vivió refugiado en ella, con gran riesgo para su vida y para la de los taberneros que le acogieron. Dormía aquí de día, bien escondido en algún siniestro rincón, y algunas noches se permitía, no sin peligro, salir y perderse en los antros del Barrio Chino. Tras este largo enclaustramiento pudo volver a su pueblo, cerca de Granollers, pues el régimen había dejado de seguirle la pista. Él resistió y triunfó, pero muchos otros valientes fueron localizados y corrieron peor suerte. "Jaumet", como era conocido en el barrio, logró empezar de nuevo y gracias a ello su nieta ha podido contarnos su historia.

 

Corrían los años setenta y un matrimonio cogió las riendas de la bodega, la cual pasó a llamarse "Bar Kuki". Casi todas las noches el bar era una fiesta en la que se reunían los gitanets de la calle de La Cera y sus aledaños, haciendo pasar las horas con la alegría de sus voces y sus guitarras. Si las paredes del bar pudieran hablar, nos devolverían el arte de Peret y de tantos otros grandes músicos asiduos del local que consolidaron la rumba catalana y llenaron de ritmo las noches de este rinconcito del Barrio Chino. Los vecinos todavía recuerdan con mucho cariño aquella época de convivencia entre el duro trabajo y el posterior disfrute nocturno al que quién más, quién menos, todos se sumaban.

 

A principios de los noventa un grupo rockero pasó a hacerse cargo de la taberna, transformándola en un bar musical. Eran tres hermanos, pero el mayor finalmente tomó en solitario las riendas del negocio. Fue en esta época cuando el escondite de Jaumet quedó convertido en sala de conciertos. Como tal pudo funcionar durante veinte años y por ella pasaron miles de personas; sin embargo el ayuntamiento no siempre sigue la voluntad del pueblo y un día de diciembre la cerró.

 

El músico decidió entonces que su etapa en el bar había terminado y un día de abril de 2.013 cedió el testigo a los actuales dueños, quienes se encontraron con un bar musical sin música.

 

El hombre y la mujer que ahora llevan la antigua taberna querían que la música volviera a invadir sus paredes. A veces el ayuntamiento les decía que adelante; a veces les decía que nunca jamás. Pero los taberneros habían escuchado palabras de Gandhi, de Luther King, de Thoreau... y de personas que han dado menos que hablar, como Habermas, Estévez y Fernández Buey. Por ello saben, como tantos cientos de miles de ciudadanos saben también, que las decisiones que toman ciertos gobernantes no siempre son justas ni adecuadas al sentir de la sociedad. Decidieron que la música podía volver al Big Bang, ignorando las prohibiciones, y así sucedió.

 

Desde junio de 2.013 el Jazz, el Blues, el Rock... resuenan de nuevo en el bar. A escuchar sus notas y a participar en las jam sessions y open mic vienen gentes de muchos rincones de Barcelona, incluso de otras ciudades y de países extranjeros, cosa que no deja de sorprender a los taberneros. Pero caen en la cuenta de que la música es capaz de realizar una extraña proeza: unir a las personas. Y es entonces cuando, día a día, se reafirman en su decisión de seguir luchando por ella.

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